

La hiedra verde es silvestre, recogida en el Pirineo hace años y perfectamente aclimatada a mi jardín. La otra es de hojas minúsculas y crece en una tinaja, desde la que inunda los alrededores.






Son ciclámenes que planté hace años y que cada otoño surgen como de la nada. Son flores minúsculas que preceden a las hojas moteadas, aparecen en cuanto caen las primeras aguas. Fueron unos cuantos bulbos que hoy se han convertido en un montón, diseminados por todo el jardín. Se han ido extendiendo gracias a una curiosa fórmula, cuando se forman las semillas, el tallo se curva hacia abajo como formando una espiral y se clava en el suelo, enterrándolas.
Los de la foto crecen entre el tapiz de hiedra que cubre el suelo.

Así lucen algunas de mis fushias. La de arriba, proviene del único esqueje que pude cogerle a la planta originaria. Languidecía y era presa de todas las plagas habidas y por haber. Desesperada, porque no hacía vida de ella, corté por lo sano y le cogí un esqueje, de la parte que me pareció más saludable. El resto de la plante la quemé. Y aquí está, luciendo sus galas. La flor es realmente hermosa.